En el apéndice habitado del Montseny-Guilleries, al regazo de un seto arbóreo bien plantado, se arrebuja un chalé de principios de siglo XX que sirvió de muelle campestre a una familia de la burguesía catalana. Hoy, propiedad del piloto de rallyes Antonio Zanini, acuna un hotelito con encanto, a gusto de quienes buscan casa los fines de semana.
Ocho habitaciones distintas, remodeladas en 2011, asoman a lo largo de la fachada, enmarcada por ventanas blancas y enredaderas prendidas de las paredes.
Ninguna se parece a la otra más que en el aire hogareño, en la fragancia de los otoños y las primaveras mediterráneas entre sábanas.
El ras de la calle está reservado al restaurante donde se esmeran en elaborar una carta basada en productos exclusivos de temporada.